Canto a un maestro rural
El profesor Eduardo Martínez Barrios (q.e.p.d), era mi tío abuelo (Hermano de la mamá, de mi mamá). Vivió los últimos años de su vida en Cuernavaca Morelos donde lo fuimos a visitar unas cuantas veces. De algún modo llegó a nuestras manos este escrito que le dedicó el periodista Carlos Barrios Martínez (creemos que la similitud en los apellidos es mera coincidencia).
Al profesor Eduardo Martínez Barrios.
Canto por un maestro rural
Te recuerdo allá por los quince años, sobre tu destartalada bicicleta, rumbo a tu escuelita de Teacalco, niño todavía, porque la vida te empujó a comerte las edades y forzó tu arribo a la condición de jefe de familia. Venías de Xocoyucan, aquella normal rural que fue semillero de jóvenes inquietos, ganosos de cambiar la servidumbre campesina por la herramienta intelectual de la escuela socialista.
Recuerdo el itinerario que escogiste para servir de por vida al magisterio. Amajax de Guerrero, Apizaco, Uruapan, Santiago Ixcuintla, Tepoztlán, Jojutla, Acatlipa, qué sé yo, la geopolítica del México rural. El país de los pies desnudos y la mirada triste. Siempre metido en libros y cuadernos, en desvelos que no acabaron nunca, nomás porque el humildísimo maestro nació con hambre de saber y necesidad biológica de compartir aquello que sus afanes le iban descubriendo.
Se te olvidó la vida exterior, y ya no digamos sus placeres. A ésa bendita necedad de roerte el cerebro desentrañando logaritmos y ecuaciones. A empeño de vigilar, te hiciste líder campesino cuando serlo era profesión de gente limpia. Sociólogo, matemático, físico, sin más títulos que los de la auténtica sabiduría y la honradez consigo mismo.
Te creció la familia, maestro, en la misma medida que tu figura se agigantó en este sacrificio. Te hiciste de tantos hijos como alumnos pasaron por tu aula, siempre abierta a horas y deshoras del día o de la noche, como tu corazón infatigable. ¿Cuántas generaciones crecieron a tu sombra? ¿Cuántos mocosos te quisieron filialmente? Y ya señores, pronuncian tu nombre con algo más que respeto y gratitud. ¿Qué número de ellos son tus hijos? Más que verdaderos y engendrados, porque recibieron de ti, sin límite de tiempo ni paciencia, el jugo vital que los convirtió en hombres.
Te recuerdo a los 20, a los 40, a los 60 años. Siempre el mismo, especialmente absorto en tu herramienta de trabajo, cuando no peleando con gobernantes y caciques, calentando ilusiones ajenas, que tú hacías propias. Sirviendo a una vocación social que fue congénita y que todavía hoy no te abandona. Destinado a la modestia, los bienes materiales te fueron tan ajenos como la ambición de poseerlos. Así, no supiste de codicia, ni te amargó la fortuna de amigos, compañeros o vecinos.
Jamás pediste nada, como no fuera un ladrillo para ampliar tu escuela. Y cuando por inercia, la dedicación a tu trabajo te allegó algún bien, tu deslumbramiento fue enternecedor. Como el de un hombre que no pudo ser niño, -y así fue, en vigor de verdad-, y que de pronto ve que su destino puede ser algo más que los fondillos lustrosos y las privaciones cotidianas. En cambio, te veo ahorrando peso sobre peso para comprar un libro u otro más, sobre todo de esas ciencias exactas que siempre me parecieron inexpugnables. ¿Recuerdas? Hasta forjar cerros detrás de los cuales te armabas para darte a los demás y en qué forma, como si en ello te fuera la existencia.
Así te llegaron las canas, maestro, y la vida se te fue apaciblemente, sin brusquedades ni altibajos. No siendo hombre de pasiones, es dudoso que hayas concitado enemistades. Quién te dañó, pues seguramente lo hizo con la alevosía del que hiere en carne propia, y no espera respuesta, menos revancha. Así pudiste transitar a salvo de turbiedades y acechanzas, algo que sólo los buenos pueden conseguir.
Se te dijo tantas veces que ya hicieras un alto en las fatigas. Y tú, faltaba más, reconocías la necesidad de darle un justo y merecido descanso al organismo. Sí, para hacer siempre exactamente lo contrario, ir y venir como si nada, acumulando arrugas sobre el rostro ennoblecido, una por cada año de trabajo, una por cada mil muchachos que despedías listos para conquistar la vida. A tu alrededor ascendieron demagogos y truhanes. Conociste muy de cerca la opulencia de los prevaricadores y la sevicia de los poderosos. Y tú, como si nada, siempre el mismo, ni uno ni otro ejemplo te afectaron más allá del asombro pasajero. Bicho raro has sido maestro, mezcla de bondad y perspicacia.
En esta fecha la República te honra y don José López Portillo, en nombre de los mexicanos, te ha llevado a su mesa de los Pinos para prenderte una medalla, -la Ignacio Manuel Altamirano-, al pecho. Y como en los viejos tiempos de tu niñez adulta, te has visto sencillo al lado de nuestro presidente, de los Han González, de los Fernando Solana, mirando todo con asombro, como si la fiesta no fuera para ti y para los que han sido como tú. Pero eso no es todo, maestro, con ser muchos 50 años de servicios ininterrumpidos; toda una vida entregada a la escuela mexicana, dicen muy poco para quien sabe de qué manera los has llenado de hechos ejemplares. Más digamos de encomio, en tanto que han sido anónimos, asumidos como una responsabilidad cultural, con naturalidad a tu esencia humana.
En esta rueda de oro, recibida con un temblor de curvas y un rebrillar en los acuosos ojos, está una historia. La tuya, que ahora intento bosquejar, para que no pienses que ahí termina todo. ¿Qué va? Cuando la vocación magisterial se desmorona en ineficiencias e irresponsabilidades, cuando las aulas se contaminan de intereses corruptores y la docencia se convierte en lucro, es oportuno describirte tal como has sido a lo largo de tu esforzada vida: Ejemplo de entrega generosa, de compromiso cívico, de jerarquía humanística.
Te recuerdo al lomo de bestia, transitando por las polvorientas veredas de Tlaxcala. No se me olvidan tus camastros, con el lujo de un sarape a cuadros por cobijo único y tus cajones de jabón siempre atiborrados de librotes. Te veo sudoroso, entre ferrocarrileros, tabacaleros y cañeros de un extremo a otro del país, luchando por un microscopio, un metro más de escuela, por dignificar la vida proletaria siempre al lado de quienes padecen todavía por la injusticia. Te fue imposible imaginar que un día, cansado el cuerpo, pero lúcida la mente, subirías a Bellas Artes para que la más alta autoridad te entregara la gratitud de la nación.
Tú hiciste lo tuyo simplemente, ajeno a recompensas y homenajes. Aún así, al día siguiente de que justamente los recibes, ya estás de nueva cuenta en tu escuelita de Acatlipa, Morelos, metido en proyectos de trabajo. No tienes remedio. Deja a un lado tus libros, maestro. Y ahora sí, date un respiro para dejar correr el sentimiento y las lágrimas. ¿Por qué no? Desde niño diste un sentido a tu vida y has permanecido fiel, tercamente fiel a ese sentido. Tu sencillez transmitida de padres a hijos florece en muchas latitudes, donde tu nombre es sinónimo de bondad e inteligencia.
Has trascendido pues, la finitud del ser humano y ese es un privilegio que a muy pocos se concede. ¡Disfrutalo viejo! Superviviente de aquellos años, de aquellos cantos laicos que generó la escuela cardenista. Que nadie te reclamará que ahora te asomes a la vida para recoger algo de lo mucho que sembraste.
México Distrito Federal, 15 de mayo de 1978.